Montserrat

Montaña sagrada, refugio de ermitaños, Montserrat se ha convertido recientemente en mi hogar. Un hogar puro, fuerte y limpio que ensancha el alma de quienes conectan con ella, ya sea para residir en ella o para visitarla. Ya lo dice la risa que nace en las caras de los monjes tibetanos que la visitan… Se sienten como en casa!

Y es que Montserrat tiene una energía muy similar a la que se respira en el hogar original del Dalai Lama. Para sentirla puede visitarse su monasterio, pero allí tan sólo aquellos que sepan aislarse de las distracciones turísticas podrán conectar con la esencia de la montaña. Por suerte este monte tiene muchos otros rincones, más o menos transitados, más o menos aparentes, que se descubrieran al pasear.

Yo, por la inmensa conexión que tengo con los bosques, os recomendaría las canales más centrales, donde la vegetación ha sobrevivido incendios y masas, y la energía del conjunto arbóreo se mantiene pura, vertical y limpia sobre un suelo, que aunque delgado, se conserva rico, generoso y vital. A mí, esta es la experiencia de Montserrat que más me gusta y enriquece: caminar entre estos árboles, dejar que la vista atraviese horizontes y horizontes de troncos, y entonces abrirme al conjunto, ensanchar los tentáculos energéticos, reforzar las conexiones invisibles y pasa a ser una pequeña parte de aquel conjunto, una pieza minúscula de ese arbolado, esa canal, esa sierra. Y entonces la montaña me nutre, me llena de gozo, me habla…

Si os apetece, pasead por Montserrat. La montaña está abierta a todos, a aquellos que como yo disfrutan fundiéndose en un conjunto, pero también a aquellos que se alimentan de los pequeños detalles, del abrazo de un árbol especial, de la conexión con una inmensa roca, de la visión de un espectáculo imponente.

Es importante que le dediquéis un momento a ver, a escuchar, a sentir. Abriros a descubriros, a averiguar quienes sois, qué os mueve, qué os enamora. Y cuando lo sepáis, podréis venir a disfrutar siempre aquí, porque Montserrat tiene todo aquello que hace falta para enriquecer el alma del que se conoce lo suficiente para querer verse cada día de una forma nueva, diferente y alegre.

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